Siempre había escuchado las mismas recomendaciones: pon tu mente en blanco y concéntrate en la respiración. Para mi meditar era algo muy difícil de hacer. Y es que trataba tal y como me decían de concentrarme en inspirar y respirar, pero no entendía porqué debía enfocarme en la actividad de mis pulmones como la llave para silenciar a la mente. ‘La respiración representa el movimiento del espíritu en la materia. Crea una conexión consciente con tu escencia vital no física’. Woow, cuando leí esa explicación imaginé a la respiración como una caricia de mi espíritu a mi cuerpo, como una energía sutil y divina que pasea en mi interior. Ahora juego a pensar en la respiración como el inicio y la inspiración como la parte complementaria. Dicen que así lo consideran los chinos. Ese cambio de orden me permite concentrarme más. Todo lo que tiene vida respira.
El espíritu es un concepto que me atrae, la rima V del sevillano Gustavo Adolfo Bécquer me encanta, pues habla bellamente de su naturaleza al identificarlo como un poeta.
Yo nado en el vacío
del sol tiemblo en la hoguera
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.
Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.
Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea;
yo soy del astro errante
la luminosa estela.
Yo soy nieve en las cumbre,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.
En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugas llama en las tumbas
y en las ruinas hiedra.
Yo atrueno en el torrente,
y silbo en la centella
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.
Yo río en los alcores
susurro en la alta hierba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.
Yo ondulo con los átomos
del el humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo en los dorados hilos
que los insectos cuelgan
me mezclo entre los árboles
en la ardorosa siesta.
Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arrollo
desnudas juguetean.
Yo en bosque de corales,
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.
Yo, en las cavernas cóncavas,
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los nomos
contemplo sus riquezas.
Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.
Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.
Yo sé de esas regiones
a do rumor no llega,
y donde los informes astros
de vida y soplo esperan.
Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa;
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.
Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.
Yo, en fin, soy el espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.